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CAPÍTULO 3: El meón




















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I ALGUNA VEZ HAS TENIDO ganas de miccionar y no has podido hacerlo sabrás lo que sentí en mi salón de clases. Esa sensación que la vejiga va a reventar no es ninguna exageración. James insultaba a Camilo e intentaba hacerlo sentir mal calificándolo de pecoso asqueroso y enano llorón.
          Por otro lado, Tiziana era la versión femenina de James y hacía lo mismo con Sarita.
          — James es mi novio y no te vuelvas a reír. Tú eres una pobretona muy horrible. Tu mano es un asco— hace un gesto de desagrado.
          — Suelta mi cabello— le pide Sarita quien lloraba por el dolor.

          Quise ayudarla, pero no pude. Josué se acerca y vio lo inevitable. Tenía el buzo mojado y debajo de mis pies un charco de orina. James se aleja de Camilo y al acercarse ve mi “baño personal”. Estalla de risa y alarma a todos para que me vean.
          — Gabo es un meón— afirma James.
          — Yo diría que es un bebe— agrega Tiziana quien también se asoma y se tapa la nariz.
          — Gabo es un meón, es un meón— exhorta a los demás para que me digan lo mismo.

          El liderazgo de James se hace notar y logra que la mayoría, excepto mis dos amigos y Sarita me griten: ¡Meón! La bulla era en coro, la maestra Paola volvía al salón y ante el bullicio aceleró el paso, para colmo no encontraba la llave y al ingresar ve el charco de orina y el olor ya se había propagado. Yo seguía inmóvil y estaba llorando ante las risas de mis compañeros.
         
La maestra en vez de ayudarme o hacer algo positivo optó por gritarme y la humillación llegó a su plenitud con sus palabras severas. Me jaló de una chuleta.
          — No te da vergüenza, tremendo grandulón y orinándote.
          — Pero maestra la puerta estaba con candado— me defiende Josué.
          — Y quien te ha preguntado, por metiche ve a buscar un trapo o llama a la señora de limpieza.
          — Que te costaba aguantarte un poco. No hay duda que solo traes problemas. Ayer me desobedeciste, hoy conviertes el salón en un baño— me vuelve a jalar la chuleta con fuerza—. ¿Acaso no entiendes que debes portarte bien?
          Detengo mi llanto y la miré con tanto odio que deseé que de mis ojos salgan rayos como pasa en los dibujos animados. La maestra ve llorosa a Sarita y toda despeinada.
          — Y a esta mocosa qué le pasa.
          — Tiziana le jaló el cabello— le cuenta Paula, una niña robusta.
          — La maestra dijo que no hay que ser metiches— se defiende Tiziana.
          — ¡Basta!, me van a volver loca. Todos salgan del salón porque huele horrible por culpa de este niño— me da una mirada de desagrado—. ¡Dije que salgan!, ¡pero ya!
         
La señora de limpieza ingresa y con ternura me pregunta qué pasó. Eso desagrada a la maestra y le pide que deje el balde y trapeador.
          — ¿Dejarlo? No se preocupe profesora yo lo limpiaré, después de todo es mi trabajo— le expresa la señora Juanita.
          — Lo haré yo— le aclara la maestra y le pide que se retire.
         
Josué limpió conmigo lo que ensucié y todo el salón. Los demás adelantaron el recreo y se la pasaron jugando. Sentía ardor en mis muslos. Mi amigo me sugirió que busque a la señora Juanita, es decir a la encargada de la limpieza.
          — En el almacén de repente tiene algún pantalón.
          — Mejor termino de limpiar no quiero que la maestra se enoje.
          Josué insistió y le hice caso, a escondidas busqué a la señora Juanita y la encontré acomodando el almacén. Cuando me vio me preguntó si estaba bien.
          — Me arde las piernas.
          — Tranquilo, pero, ¿qué pasó?, ¿por qué no pediste permiso a tu maestra?
          — Ella nos encerró.
          — ¡Cómo dices!
          — Quise ir al baño, me aguanté más de una hora y la maestra no regresó. Me sentí como en una jaula. Me desesperé porque no me gusta que me encierren.

           La señora Juanita recordó que la vio con sus colegas riendo y comiendo. Ella limpiaba la cafetería y le pareció extraño que no estuvieran en sus salones, pero no les dijo nada. En una caja de cosas perdidas había algunas prendas, de allí me dio un buzo, este me quedaba muy grande. No me quedó otra que ponérmelo, pero antes me mandó al baño a lavarme. Al regresar a mi salón todos estaban allí, el recreo había terminado y la maestra no estaba porque me fue a buscar muy molesta. Josué para despistarla le dijo que me fui al baño.
          — La maestra te va a castigar, yo no sé para qué te fuiste— me dice con cizaña James.

          La profesora Fátima observa a su colega Paola buscándome, la vio con una cara de ogra que prefirió no preguntarle nada. Cuando vio a la señora Juanita le contó lo que me pasó.
          — Paola está pasando los límites. Recién llevamos dos días y ella con sus amigas hacen lo que les da la gana sobre todo en ausencia de la directora.
          — Tenga cuidado, tres de ellas son muy amigas y se tapan sus faltas y cuando no está la directora hacen lo que quieren. Usted y la otra flaquita que no sé cómo se llama son las nuevas. Pero al parecer a ella ya la jalaron para su bando porque toda la mañana se la pasaron en la cafetería sin hacer nada y los niños encerrados. Pobre pequeño si lo hubiera visto. Y eso no es todo le hizo limpiar todo el salón con su compañero.
          — ¿Sabes si ya llegó la directora?
          — No, aún no.
          La señora Juanita le pidió discreción para evitarse problemas. El resto de la mañana la pasé castigado al fondo del salón. El estómago me tronaba, ni siquiera pude comer mi refrigerio.

          A la hora de la salida, la maestra me amenazó para no abrir la boca, me preguntó si la señora Juanita sabía algo. Me quedé callado por un momento y le dije que no. Mi respuesta no le convenció y volvió a advertirme con mantener la boca cerrada. Antes de marcharme olvidé pasar por el almacén para recoger mi buzo.

          En casa mi hermano se dio cuenta que traía puesto un buzo diferente y más grande. Le contó a mi nona, recordé la amenaza de la maestra y le inventé que cuando estuve jugando se rompió y por eso me prestaron del almacén ese buzo.
          Al día siguiente la profesora Fátima de su salón observaba si llegaba la directora y en cuanto la vio fue a buscarla. Quiso contarle lo que pasó conmigo y que sus colegas también encerraron a sus alumnos como si el salón fuera una jaula. Tuvo que esperar otro momento porque llegó James con su mamá, ella estaba muy molesta.

Un día atrás por la tarde llegó de viaje y la nana le contó que el niño James el primer día de clases perdió su lonchera y por eso le compró otra. Eso se había inventado, si bien ellos tenían dinero no estaba dispuesta a mantener a su hijo en un colegio donde se pierdan las cosas, ella creía que alguien debió robarla.
Su esposo fue quien le obligó a que estudie en un Jardín estatal porque no le gustaba muchas actitudes ufanas que siempre mostró su hijo.
          — Mi esposo cree que en ese Jardín de pobres mi hijo aprenderá a ser humilde y mira lo que le pasa. ¿Y fuiste a reclamar a la directora?
          — Sí mi niña, lo hice. Pedí una entrevista con ella y me indicaron que estuvo haciendo unos trámites del colegio, la maestra de James aún no había llegado. Una señorita muy amable llamada Fátima me indicó que mejor vaya hoy.
          — Claro que iremos.
         
Por eso vino la mamá de James, quería saber cómo es posible que en un Jardín de niños se pueda perder las cosas. La directora Pamela estaba completamente de acuerdo que no puede pasar pérdidas ni robos. Mandó a llamar a mi maestra y aún no había llegado, tenía la mala costumbre de siempre llegar tarde.
James estaba nervioso pues su mentira no había funcionado, le preocupaba que descubrieran lo que hizo con mi lonchera. No estaba dispuesto a quedar como un mentiroso. Su mamá podría comprenderlo, pero su papá no. Por ello tuvo una nueva idea.
          — ¿Puedo decirles algo? — interrumpe la conversación de su madre con la directora.
— Dime cariño, ¿ocurre algo?
— Sí mamá.
— ¿Es sobre tu lonchera?
— Lo que pasa es que dije que se me perdió porque no quise culpar a un compañero quien me quitó mi lonchera porque dijo que perdió la suya debido a que alguien la botó a la basura.
— ¡Cómo dices!
— Déjelo terminar— le pide la directora.
— Le exigí que me la devuelva y con sus amigos me amenazaron con pegarme.
— Pero, ¡qué es esto!, tan niños y con amenazas, ¡no puede ser! —  comenta indignada la señora Romaña.
— ¿Y sabes quién es niño? — le pregunta la directora.

En el patio Josué husmeaba la dirección y me puso al tanto de la llegada de la mamá de James.
— Debe ser una buena señora— le comento.
— ¿Y por qué dices eso?
— Si recuerdas yo no quise aceptar la lonchera de James porque al llegar a su casa sin ella podrían castigarlo. Él dijo que por ningún motivo usará una lonchera que ha estado en la basura y les dirá a sus padres que me la regaló porque comprendía mi situación.
— ¿En serio te dijo eso? — me expresa sorprendido mi amigo.
— Ayer le pregunté si sus padres le llamaron la atención por regalarme su lonchera y dijo que no.
  Y por qué quieres ir a la dirección.
— Quiero darle las gracias a esa buena señora.

Camino rumbo a la dirección sin saber lo que me espera.















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