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Capítulo 11: La moneda







CAPÍTULO 11








LA MONEDA





(Beto)


E
L DÍA LUNES NO FUI A CLASES, mi tutor vino con Toño a mi casa y supieron la razón de mi pena. Mi amigo cínicamente me dio un fuerte abrazo. Mi profe tenía las palabras precisas para cada ocasión y esta no fue la excepción. “Cuando hay muchas adversidades es porque vas en buen camino”, me dijo. Esa frase resonó en mi mente y le prometí seguir asistiendo a clases.

Al día siguiente al llegar al colegio cogí del cuello a Casimiro, lo acusé de nuevo. Era el candidato para tal infamia (maldad).
— Déjamelo a mí— dijo Toño, me apartó de él y quiso golpearlo por mí.
Lucecita intervino y nos pidió calma.
— Si el director los ve perderán la posibilidad de la beca— nos recordó.
Casimiro aseguró no tener nada que ver con la muerte de Pastor, hasta juró por su madre. El par de farisaicos (hipócritas) disimularon muy bien.
En el recreo quise estar solo, me aparté y recordé cuando estuve en la casa de Casimiro, el veterinario me dio la terrible noticia sobre la salud de Pastor. Corrí al establo, aún estaba vivo, sus ojos pardos me miraron. Mis lágrimas fueron inevitables. ¡Oh amigos!, fue un dolor terrible el que sentí. Si has perdido a una mascota comprenderás mis sentimientos. Sí, sé que deben sentir rabia y animadversión por ese par de farisaicos (hipócritas), pero así es la vida, en ella encontramos personas de todo tipo. Lo peor de todo es que Toño disimulaba muy bien su maldad y yo creía en él. Papá se acercó y me encontró llorando, Casimiro sostiene su alegría (había logrado su objetivo).
— Tranquilo Beto, si gustas puedo conseguirte un rottweiler, supe que en el pueblo una de mis clientas su mascota pronto parirá y…
— Gracias, pero no— le expresé tajantemente. Les pedí me dejen solo.
Allí en el establo de ese miserable humano (si así se le puede considerar) llamado Casimiro desahogué mi pena. Minutos después papá me ayudó a sacar el cuerpo inerte (sin vida) de Pastor y lo llevé a casa para darle una digna sepultura. Al llegar estaba Lucecita, al ver mis ojos rojos e hinchados me dio un fuerte abrazo. Juntos lo enterramos y ella lloró junto a mí.
— Como pudo pasar algo tan terrible— me dice Lucecita.
—  No tengo ni idea de quién pudo darle veneno.
—  Debió ser cuando saliste al pueblo, vine y ya no los encontré. Pero sabes Pastor estaba inquieto y ladraba si razón hacia tu establo— me comentó algo extrañada.


— ¿Crees que ladraba a su asesino? — le pregunto.
— No lo sé, pero si hubiera sido un extraño Pastor se hubiera puesto como loco y lo hubiera mordido.
Sus palabras me intrigaron, al llegar a casa pasamos por el establo, observé con detenimiento cada centímetro de ese lugar y descubrimos dos cosas extrañas. La primera es que había huellas de unas zapatillas y la marca de la planta era como las que tenía Toño, él no venía a mi casa desde hace días y tuvo que estar hace poco porque las huellas eran recientes. El segundo aspecto y más importante es que Lucecita encontró en el suelo una moneda (ustedes dirán que tiene de novedad ese detalle), pues tenía mucho que ver porque era la moneda de suerte de Toño y siempre la llevaba consigo. Definitivamente él estuvo hace poco en mi casa. Mi amistad y aprecio por él me cegaban a creer que él podría ser alguien tan execrable (detestable).
— Si gustas yo le encaro y el pregunto directamente. Una explicación debe tener— me dijo Lucecita.

(Toño)

La campana sonó y el sitio de Beto estaba vacío. Lucecita se ofreció para ir a buscarlo y mi tutor prefirió enviarme. Lo encontré pensativo algo lejos del colegio. De regreso no sabía que decirle, hubo un silencio entre los dos. Antes de llegar se detiene y se queda mirándome, por su mirada percibo que algo quería decirme y no se animaba.
— Sabes amigo, ando de malas creo que necesitaré una moneda de la suerte como la que siempre llevas contigo.
— Sería bueno amigo.
— ¿Puedes mostrarme tu moneda?

Mi moneda era muy antigua, era de mi abuelo. Fue mi primera propina que recibí cuando era un niño. Muy inocente cuando estuvimos en el pueblo quise comprarme un dulce y el señor de la bodega me llamó ladrón por querer timarlo (engañarlo) con una moneda sin valor.
— No moleste a mi nieto, anda dele ese chupetín que le pidió— el señor de la bodega conocía muy bien a mi abuelo y para disculparse por cómo me trató me regaló otro dulce.
— Ya ves Toñito esta moneda vale mucho, con ella conseguiste un chupetín gratis.
— Ya no la quiero—  estiré la moneda para devolvérsela.
Mi abuelo acarició mi cabeza, tomó mi manito y me puso la moneda nuevamente en mi mano.
 — Un día esta moneda será como una reliquia (algo de mucho valor) porque dicen que las monedas con el tiempo se vuelven especiales ya que nadie las tiene.

Busqué la moneda y recién me percaté de no tenerla. Debo reconocer que sentía algo de culpa por la muerte de Pastor y eso me distrajo. Desde la muerte de mi abuelo esa moneda siempre la llevaba conmigo, les juro que es así. Beto lo sabía muy bien, traté de disimular mi preocupación y no pude disimular.


— ¿Pasa algo?
— No la tengo conmigo, debe de estar en mi bolso de útiles.
— Jamás la despegas de ti, me parece extraño que lo hayas puesto en tu bolso— me recalca y tenía toda la razón.
Al ingresar al salón busqué mi moneda y no la encontré, mientras lo hacía Beto y Lucecita no dejaron de observarme. A la salida no quise hablar con nadie, me disponía a marcharme en mi caballo y Lucecita con Beto me detienen. Al mirarlo veo mi moneda en sus manos, el sol la ilumina y da un brillo especial.
— Gracias amigo, te pasas de la raya. Por qué no me dijiste que lo hice caer en el salón.
— ¿Salón? Pues no, esa moneda no lo encontró Beto sino yo.
— Gracias Lucecita, ya iba ir a mi casa a remover todo. Esa moneda es muy especial para mí.
— ¿Dónde la encontraste? — le pregunté.
          Mi tutor pasó por allí y me llamó un momento. Cuando les dejé solos, Beto le pide a ella que ya no me reclame nada porque confiaba en mí y descartaba la posibilidad que yo tenía algo que ver con el envenenamiento de Pastor.
          — No Beto, por lo menos que nos explique por qué su moneda estaba en tu establo.
         
Mi tutor me vio cavilado (pensativo) cuando regresé a clases con Beto y por eso me preguntó si todo iba bien. Le cuento brevemente sobre mi moneda y se marchó. Al volver donde mis amigos vi a Lucecita muy seria.
          — Extraño a Pastor, en estos momentos estaría ansioso por volver a su casa para almorzar— su comentario me pareció fuera de lugar, miré a Beto y no le incomodó tales palabras.
          — Mejor no hablemos de Pastor no quiero que mi amigo…
          — ¿Cuándo fue la última vez que lo viste? — me preguntó. No capté su mala intención detrás de esa pregunta y respondí sin dudar.
          — El viernes después del reforzamiento de clases con Beto— miro mi moneda en sus manos y pido me la devuelva.
          — ¿Y cuándo fue la última vez que fuiste a la casa de Beto?
          Al oír esa pregunta comprendí que algo se traía entre manos, Beto la detiene y le pide deje las cosas como están. Mi amigo responde su pregunta diciéndole que desde hace días yo no iba a su casa.
          — Ten tu moneda y cuídala— me dice en un tono misterioso.
          Me despedí de ambos y después de dar unos pasos me quedé inmóvil ante sus palabras.
          — Hace un momento me preguntaste dónde encontré tu moneda, ¿te irás sin saber dónde la hallé?
          Volteo para mirarla, Beto estaba callado y se lo notaba incómodo.
          — La encontré en la casa de Beto.
          — Seguramente la hice caer ayer cuando fui con el tutor a visitarlo.
          — Ayer también estuve en su casa y en ningún momento te vi acercarte al establo de Beto.
           Ahí comprendí su intención.
— ¿Puedes explicarnos por qué tu moneda estaba en el establo de Beto? Como sabes a unos pasos de allí Pastor estaba moribundo, ¿acaso tienes algo que ver? — me preguntó sin ambages (rodeo de palabras).


No tengo escapatoria, o ¿sí?




























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