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CAPÍTULO 11: El Max 5



















(Rosa)


N
O PUEDO CREER LO QUE ACABO de escuchar por parte de mi madre, ella que tanto se opuso a Mauricio Gabriel solo por ser un simple universitario y la verdad no sé si habrá terminado de estudiar. Ahora me acaba de decir que mil veces me hubiera quedado con él y no con Roque. Consulto mi bolso y a las justas podré comprar una torta pequeña.
          — ¿Nos bajamos unas cuadras antes para comprar la torta?
          — No hija, ya me encargué de fiarme una— me responde.

          (Gabo)

          El señor me pregunta por qué estaba llorando. Lo miro fijamente, pues viene a mi mente las palabras de mi nona de no hablar con extraños. Una amiga de mamá pasa y se sorprende al ver al señor extraño, lo saluda con naturalidad y alegría.
          — Cuánto tiempo sin verte, ¿acaso vienes por la reconquista? — le bromea.
          — Vine a saludar a viejas amistades— le responde.
          — ¿Ya conoces a Gabo? — me observa.
          — Acabo de conocerlo.
          La joven dama se despide y nos deja solos. Al ver ello comprendí que no es un extraño. Me pregunta si ya me siento mejor. Observa mi Max 5 que sostengo en la mano.
          — ¿Y eso?
          — Se llama Max 5, es mi juguete favorito.
          — Me lo prestas.
          En vez de prestarle me pongo a explicarle cómo lo hice. Pues ese juguete yo mismo le di vida. Encontré un tronco viejo que había en el taller de mi abuelo, le clavé unas chapas como llantas, con mi tempera escribí la letra M y el número 5.

Meteoro es unos de los pocos dibujos animados que he visto en mi niñez. Si bien es de la década de los 70, cuando tenía cinco años lo trasmitían por la televisión. Meteoro es un piloto de autos y su auto se llama Max 5, todo niño soñaba con tener ese juguete. Después de querer una lonchera lo que más quise para mi cumpleaños era un Max 5.
          — Pues se ve muy fuerte tu Max 5— me dice el señor Mauricio.
          — Se lo regalo— estiro mi “juguete” y él me lo recibe. Lo observa de un lado a otro.
         
Ese tronco al que yo llamaba Max 5 era mi juguete favorito, tal vez se pregunten, ¿y por qué ya no lo quería? Y es que hay algo que no les he contado y me sucedió hoy en el Jardín. Me animo y le cuento al señor Mauricio lo que me ha pasado. Ocurre que un día antes la maestra Paola pidió que para hoy llevemos nuestro juguete favorito para hacer exposiciones. Varios compañeros comentaban que no saben qué juguete escoger pues tenían muchos. Josué me preguntó si ya tenía en mente cuál voy a traer.
— Solo tengo un juguete, así que no tengo nada que escoger.
Le comento de mi Max 5, Josué se emociona porque es su dibujo animado favorito.
— Chócatelas amigo— me estira su puño y lo choca con el mío.
James nos escucha, nunca había visto ese dibujo animado. No tenía ni idea de cómo era un Max 5. Como me escuchó decir que el mío era de madera en cuanto llegó a su casa le pidió a su nana que le compré un carro de madera.
— Pero mi niño si ya tienes muchos carros y los de madera no son tan bonitos.
— Quiero uno de madera. La maestra dijo que tenía que ser de ese material— le exigió.

El niño consentido logró su objetivo y le compraron un carro de madera. Él pensaba que su carro era un Max 5. Estaba muy equivocado. Al llegar a clases cada uno presumía sus juguetes, yo me sentí mal al ver que el mío no se comparaba en nada al de ellos. James sacó su carro de madera y cuando les dijo que era un Max 5 sus amigos se mataron de la risa.
— El verdadero Max 5 es el que tiene Josué— le dijo Marco, el compañero más alto del salón.
— No es cierto, el mío es el verdadero Max 5— le retruca (contradice) James.
— Como se ve que no ves televisión, ni yo que soy una niña sí sé cómo es un Max 5— interviene Tiziana.

Tenían razón, el carro de Josué era un verdadero Max 5. Camilo se acerca con un auto de plástico algo viejo y le faltaba una llanta. Era de color azul y también le escribió la letra M y el número 5. “Yo tengo el verdadero Max 5”, lo dice con alegría y no le importa que los demás se rían de él.
— Tu carro parece de la basura y le falta una llanta—  le reprocha James.
— Por lo menos el mío tiene la M y el número 5—  le responde Camilo.

Como ya les dije me gustaría asimilar las cosas como Camilo las toma. A él no le dio vergüenza mostrar su único juguete, no tuvo problema en decir que lo recogió de la basura hace unos meses, pues su mamá tampoco tiene dinero para comprarle uno. Juega muy contento con Josué.
— ¿Y tu carro? — me pregunta Camilo.
Coge mi bolso y mira mi “carro” de madera.
— Está chévere— me dice con una sonrisa.
     
La maestra llega y todos regresan a sus lugares. Pide que guardemos nuestros juguetes. Después del recreo llegó el momento de las exposiciones. La idea era describir todo lo que podamos con ese juguete. Después de un par de compañeros llegó mi turno, me quedo quieto en mi sitio. Camilo me da ánimo y al ver cómo él es feliz con un modesto juguete me animo a exponer. Al llegar al frente lo saco de la bolsa.
— Este es mi Max 5—  les muestro el tronco de madera que a las justas parece un carro y todos se burlan de mí en especial Tiziana con James.
La maestra pide silencio. Juanita se asoma a la puerta y le comunica a la maestra que vaya un momento a la dirección. Me quedo parado al frente de todos. En cuanto desapareció del salón James se burló de mi juguete, me llamó ridículo.
— Por lo menos el carro de Camilo, aunque sin llanta está mejor que la porquería de tu pedazo de madera— me injuria James
— ¿Acaso no has visto cómo es un verdadero Max 5? — me dice Marco, el más alto del salón con cara de malo.
  Josué a parte del verdadero Max 5 llevó otro auto, se acercó y me alcanzó su juguete.
— Gracias amigo, pero no. La maestra dijo que expongamos con nuestro juguete favorito— le muestro mi tronco—, este es mi Max 5.
— Quizá debí regalarte uno en vez de la lonchera— me dijo apenado Josué.

Mis compañeros no dejaban de cuchichear: es muy pobre, qué horrible carro, es un ridículo, acaso no le pudieron regalar un carro de verdad; hasta Camilo tiene uno, aunque muy corriente. Fueron algunos de los destructivos comentarios. Intenté seguir el consejo de la profesora Fátima quien me pidió que solo se debe escuchar lo positivo y ante lo negativo es mejor taparse las orejas. Seguí su consejo y no los escuché. La maestra regresó y les pidió silencio.
— Gabriel inicia tu exposición.
— Maestra no se vale, Gabo no trajo ningún juguete— comenta Marco.
— ¿Es cierto eso Gabriel? — me pregunta la maestra.
Me dio vergüenza mostrar de nuevo el pedazo de madera al que yo llamaba Max 5.
— Sí trajo, pero un pedazo de madera— agrega James.
— ¿Has traído o no tu juguete? No me hagas perder el tiempo. ¡Es colmo contigo!
— Este es mi juguete favorito, se llama Max 5— lo levanto y lo muestro.
Las risotadas se oyeron en todo el salón hasta la maestra Paola soltó una. La profesora Fátima regresaba del baño y la risa de mis compañeros la detuvo y vio cómo mi propia maestra dejó que me humillen y se burlen de mí.
Obviamente mi tronco no se parecía en nada al verdadero Max 5, pero ya saben que un niño tiene fantasía y yo prefería creer que mi tronco era como ese famoso auto.
— Comprendo que en tu casa no tengan dinero, pero traer esa ridiculez no te pases. Seguro ese tronco lo has sacado del almacén de Juanita porque te has olvidado de traer tu juguete.
— No tengo juguetes maestra, este es el único que tengo— le respondo.
— No digas mentiras. Y estoy harta de ti. Da gracias que el Jardín no tiene validez para que te acepten en la primaria porque si no repetirías de año. Ve afuera y bota ese tronco feo— me humilla.
Me quedo parado porque no pienso botar mi único juguete.
— No seas malcriado. Bota esa tontería.
La miro con odio, mis ojos se humedecen. “Por qué tengo que ser pobre, no es justo que me traten de esa forma”, pensé. Mis compañeros comentan que soy un malcriado, otros que soy un memo por llamar carro a ese pedazo de tronco. Camilo y Josué levantan la mano y la maestra no los quiere escuchar y pide silencio a todos.
— Gabriel cuando la maestra ordena algo el alumno obedece, ¿cuesta mucho entender eso? — me dice la maestra.
Sigo mudo y quiero que la tierra me trague.
— Dame ese tronco— me exige la maestra.
La puerta suena y la maestra Fátima llama a mi maestra. Ambas discuten. En mi sitio me pongo a llorar.
La maestra es muy mala y la odio. Porque no comprende que mis padres nunca me han regalado un juguete porque piensan que los niños no sabemos cuidar los juguetes porque en un par de días o semanas lo rompemos o botamos. Comprar un juguete para ellos es derrochar el dinero.

 Mi maestra se exalta, la profesora Fátima le pide que baje la voz.
— Usted quién se cree para decirme cómo hacer mi clase.
— No le he dicho eso. Solo le estoy pidiendo que no es la forma de tratar a un alumno. Gabo tiene problemas económicos, ¿acaso se le olvidó la deuda que tiene su familia con la clínica? Si el niño le ha dicho que ese es su juguete favorito no debe humillarlo.
— Ahora resulta que se pone a oír mi clase, ¿no debería estar preocupándose por sus niños y no meter las narices donde no le llaman?
— Solo soy directa, Y no es la primera vez que lo humilla. ¡Basta ya!
— Lo que pasa es que esta celosa porque gané el premio por presentar los mejores números por el Día de la Madre y ya escuchó como la otra vez la directora me felicitó en la reunión de profesoras.
— Si ganó fue justamente gracias a Gabo a quien usted no se cansa de molestar.
La bulla en el salón se oye porque me llaman llorón. Josué me defiende y amenaza a James con golpearlo. Marco se acerca y apoya al riquillo, lo hace solo porque James le invita su refrigerio o a veces le da unas monedas. Solo por eso Marco es su amigo. Camilo apoya a Josué y el grandulón se burla de su tamaño. Sarita también sacó cara por mí y Tiziana la calló.
 La maestra Paola asoma la cabeza y con un solo grito todos se callan. Salgo del salón, la maestra me exige que regrese porque no he pedido permiso y no le hago caso.
— Allí está ese niño que tanto defiende, ve lo malcriado que es, no sabe obedecer.
— ¿Y se ha preguntado por qué?
— No me haga perder mi tiempo.
— Hablaré con la directora ahora mismo y la llevaré al baño para que le pregunte por qué está llorando y sepa que la culpa la tiene usted por humillarlo y dejar que sus compañeros de burlen de él.
La maestra se asusta y no se deja intimidar.
— Si tanto lo defiende porque no pide que lo cambien a su salón— le propone la maestra Paola.
— ¿Estaría de acuerdo con eso?
— Creo que sería lo mejor, ¿no le parece?
La directora aparece de improvisto.
— Profesoras porque no están en sus salones— les llama la atención.
— No es eso señora directora, sino que a la profesora Fátima le preguntaba si no tendría ningún problema en que el alumno Gabriel pase a su salón como sabe usted hubo un incidente con el hijo de la señora Romaña y para evitar riñas podría ayudar.

A la directora le pareció una buena idea y dijo que lo pensaría. Se despidió de ellas porque tenía que salir un momento fuera del Jardín.
La profesora Fátima me buscó en el baño. Me recuerda que no debo escuchar las cosas negativas y debo taparme los oídos y pensar en algo bonito. Me pidió que le regale una sonrisa y me trajo a mi salón. La maestra Paola no estaba, aprovechó la ausencia de la directora para ir a la cafetería con sus amigas. La profesora Fátima ingresó a mi salón y puso en su lugar a todos los que se burlaron de mí, pero lo hizo de una manera muy dulce.
— Gabo préstame tu carro.
Mis compañeros se ríen y James intervine diciendo que ese tronco no puede ser un carro.
— Tu nombre es James, ¿verdad?, puedes prestarme tu auto— el riquillo, se pone en pie y camina mostrando su supuesto Max 5.
— Niños, díganme, ¿de qué está hecho este auto?
— De madera— responden en coro.
— Y de qué material es el carro de Gabo.
— De madera— vuelven a responder en coro.
— ¡Ay maestra!, pero no hay comparación porque el de mi novio James es más bonito— interviene Tiziana.

La profesora sostiene su risa al oír tal intervención. Se dio cuenta que Tiziana es una niña agrandada.
— Pues si es bonito o no eso es cuestión de cómo lo veas. Gabriel, ¿puedo soltar tu Max 5 al suelo? — me pregunta y los demás se vuelven a reír porque dijo Max 5.
— Sí— le respondo.
La profesora suelta mi Max 5 y queda intacto. Luego sostiene el auto de James y le pregunta si puede soltarlo. Los demás responden por él que no porque se dañaría.
— Entonces, ¿cuál es tan fuerte como el Max 5?
Todos abren su boca y concuerdan con la profesora que en el dibujo animado el Max 5 cuando corre nada lo daña y es muy fuerte ante caídas y valoran mi tronco. James reniega por cómo los demás dejan de molestarme y algunos hasta querían un Max 5 como el mío.

La maestra se retira, me acerco para agradecerle, ella me guiña el ojo y se marcha. Deseé nuevamente que fuera mi maestra y quizá lo sea. ¿A ustedes les hubiese gustado tener una maestra como la profesora Fátima?
El señor Mauricio queda sorprendido con lo que le acabo de contar y me devuelve mi juguete.
— Si tu Max 5 es tan fuerte no deberías deshacerte de él, ¿no crees?
Tenía razón y le recibo mi auto de tronco.
— En realidad no solo estaba triste por eso, sino también por la torta por mi cumpleaños la acabo de arruinar.
Le cuento lo que pasó hace un momento con mi tío Elías y me da ánimos.
— ¿Y te cae bien tu tío Elías?
— No mucho.
— Pues ve el lado bueno, gracias a ese tortazo recibió su merecido, ¿no te parece?
Tenía razón. Darle ese sentido a una desgracia me agradó que me lo haga ver así. Luego cambiamos de tema y me pregunta por mi mamá y no sé qué responder.
 (Rosa)

Mi madre me pide que no camine tan rápido.
— Olvidas que tengo bastón— me recuerda.
Nos detenemos por un momento. Mi madre mira hacia la casa, levanta sus gafas y le parece ver a Mauricio.
— Hija, aquel de allá, ¿es Gabo verdad?
Observo hacia la casa de mi madre, ambas estábamos a unas cuadras, pues el bus siempre nos deja algo lejos de la casa.
— ¿Y quién será ese señor? No me digas que es Roque porque le doy con mi bastón hasta tumbarlo.
— Mamá no seas exagerada, Roque no es tan delgado.
— Entonces, con quién está conversando mi nieto. Cuántas veces le he dicho que nunca se conversa con extraños.
Observo con más detenimiento y veo la casaca de cuero, era la favorita de Mauricio.
— No puede ser. ¡Es Mauricio!


















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