E
|
n el patio la señora Romaña pregunta a mi maestra si su hijo
ya presentó la declamación. Su sonrisa se apaga cuando le comunica que James se
quedó mudo. La directora saluda a la señora Romaña y aprovecha para felicitar a
mi maestra por mi declamación.
— Hasta el
momento es el mejor número y la danza que acaba de presentar estuvo excelente,
sobre todo ese niño pícaro cuánto derroche de alegría— lo decía por Camilo.
Mi maestra se
siente una ganadora, la directora se despide de la señora Romaña y le agradece
la donación del televisor a color. Sí, efectivamente esa señora es quien quiso
dar esa donación al colegio.
— Me puede
explicar por qué el niño Gabriel tomó el lugar de mi hijo— le reclama muy
molesta a mi maestra.
— Señora
Romaña no mal interprete las cosas— le pide y le explica lo sucedido.
Una mamá llama
a la profesora Fátima y después de volver a felicitar a Sarita y a mí se
marcha.
Al ingresar al
salón James sostenía uno de los obsequios a punto de tirarlo al suelo. Al
percatarse de nuestra llegada baja la mano. Me acerco y veo uno de mis regalos
roto en el suelo. ¡No!, ¡no!, eso no puede ser. Ya les he contado con cuanto
esfuerzo compré esos regalos para mis dos madres y uno estaba roto.
El demonio ingresó a
mi cuerpo y me lancé contra James no sin antes quitarle el obsequio que tenía
en sus manos para que no lo arruine. Josué sostiene el regalo mientras le
reclamo al malvado de James. Sarita busca el regalo del riquillo, era una bolsa
elegante con una cinta roja, allí había un costoso perfume.
— Gabo, este es el
regalo de James— me lo enseña.
— Cica, ¡deja eso! —
así la llamaba el riquillo por la cicatriz de su mano.
Josué me propone
romperlo y pagarle con la misma moneda. No comparto esa idea y le pregunto a
James por qué rompió mi obsequio.
— No seas ridículo, se
cayó y estaba a punto de levantarlo.
— No mientas, si no
veníamos ibas a romper también el otro— le reprocho.
— De verdad le vas a
regalar esa sonsera a tu mamá, se ve que no la quieres.
Veo los trozos en el
suelo y me agacho para ver si se puede hacer algo. Josué insiste para romper el
regalo de James, este se acerca a Sarita para quitarle y en el forcejeo lo
hacen caer. El muy mimado sale llorando y llama a la maestra. Ella no le hizo
caso, estaba molesta por no declamar, en los ensayos lo había hecho tan bien.
Lo ignora. Él no se queda tranquilo y ve a mi Mamá Grande quien venia del baño
y me acusa. Camilo lo escucha y viene con ellos a mi salón.
Mi abuela me encuentra
llorando, mis amigos me consolaban, ella era tan linda que creía en mí. ¡Oh
cuánto la quiero! Secó mis lágrimas y me dijo que jamás olvidará el regalo.
Cogió los tres pedazos e increíblemente eran las partes del cuento: la cabeza
tenía el pico roto, al igual que las garras, las alas estaban rasgadas.
— ¿Gabo les ha contado
la historia de un águila? — les pregunta a mis compañeros.
— Sí— responden ellos.
— Pues miren estos
pedazos, para mí representa la regeneración por la que pasa el águila. Yo me
quedaré con esta parte— sostiene los tres pedazos—. Y a tu mamá dale la parte
renovada, es decir el obsequio intacto. Mira el pico, mira estas patas…
No les digo que mi
nona es linda, de lo malo saca algo bueno. James se volvió a quejar y exigía
que le paguemos por su perfume ya que le hemos dejado sin obsequio para su
mamá. La señora Romaña ingresó.
— ¿Por qué mi hijo
está llorando? — se acerca y lo consuela.
— Ocurre que James iba
a sacar su ropa para cambiarse e hizo caer el obsequio que le iba a dar a usted—
interviene Josué.
Camilo estaba a
espaldas de la señora Romaña y le muestra al riquillo su pantalón mojado con
orina para que no nos acuse.
— Mi amor no te
preocupes, tú eres mi mayor regalo.
James quiso acusarnos
y no lo hizo. No le convenía pues mis amigos le contarían a su mamá cómo
pasaron las cosas relacionadas a la lonchera. Sarita le pidió a mi nona para
que acuse a James por lo del regalo roto. Mi abuela prefirió que nos retiremos
y nos salimos.
Mamá salió
sonriente cuando la llamaron para recibir su enorme canasta. En cuanto regresa
a su sitio la mamá de James la felicita.
— Allí está un
vino que es riquísimo, y no sabe lo caro que es, espero lo disfruta— presume la
señora Romaña ya que ella fue quien dio eso para la canasta.
— Gracias— le
responde mi madre en tono forzado.
La señora
Romaña desconocía que ella era mi mamá.
El momento de
los regalos a cada madre llegó. Tocaba el turno a mi salón, la maestra invita a
cada mamá a pasar al frente, una música suena de fondo y mientras ella lee unas
frases nos acercamos a nuestras madres y les damos nuestros regalos. La mamá de
Camilo no vino, se queda parado y triste. Percibo ello y lo jalo conmigo. Le
presento a mi mamá y él le da un beso.
Mi abuela al ver su
obsequio disimuló muy bien como si recién lo estuviera viendo. Muy emocionada
me agradece. Mi madre abre el regalo, yo la observo con una enorme sonrisa, y
en cuanto vio mi obsequio que con tanto cariño lo compré tuvo una reacción que
nunca olvidaré y por eso lo escribo.
Ella siempre
fue muy directa y dura a la vez.
— Qué es esta
tontería— fue lo primero que dijo mientras mira con desagrado al ave.
Mi abuela le
hace un gesto para que se calle y no lo hace.
— Mejor
hubieras comprado esos chocolates largos que tu papá siempre me traía—agrega.
Camilo me da
ánimo al verme a punto de llorar. Mi abuela le pide a mi madre que la acompañe
al baño.
— Pero mamá ya
no fuiste hace un rato.
— ¡Ven te he
dicho! — le exige.
Amigos, no
tienen idea cómo me dolió esas palabras y lo poco que valoró mi regalo, fue el
primer obsequio en físico que le di porque la maestra Fátima tenía razón
siempre que llega el cumpleaños de nuestros padres o el Día de la Madre solo
les damos un abrazo, un beso y si estás en el colegio un regalo hecho muchas
veces por la profesora, pero nunca somos capaces de ahorrar y darles un
obsequio con nuestro propio esfuerzo. Lo he hecho y mi mamá me mató con sus
gestos y palabras.
— Mamá si no
te gusta entonces dáselo a mi nona— le digo antes que se retiren.
Hizo caso a
mis palabras y se lo dio.
— Mamá toma no
quiero esa ave fea. Gabo ya sabes lo sincera que soy, debes mejorar tus gustos.
A qué madre le va a gustar un regalo como ese— me dice con frialdad.
— ¡Basta
hija!, ¡cállate!
— Mamá Grande,
ella tiene razón. Soy un tonto, tengo un pésimo gusto— lo digo con voz llorosa,
no aguante más y las lágrimas corrían por mis mejillas—. Solo quería que tengas
un obsequio— le aclaro a mi madre.
— ¡Rosa!
Guarda silencio. Ven conmigo— le grita mi abuela, la jala a un costado luego
regresa hacía mí—. Gabito no le hagas caso. Ve con tu amigo al salón y en un
momento te recojo.
Camilo me da
ánimos, él sabía lo duro que trabajé para comprar ese regalo.
— Si gustas vamos a la
casa de Josué recuerdas que nos invitó para jugar— me motiva.
A varios metros mi
nona le llama la atención a mi mamá. La idea de Camilo me pareció genial, mi
amigo Josué me ha invitado tantas veces a su casa que nunca pude ir. Me acerco
a pedir permiso, ellas no se percatan. Me oculto porque oí mi nombre y escucho
la conversación.
— Mamá estoy harta de
Gabriel. No me hagas hablar ese secreto que tú y yo bien lo sabemos y por lo
cual le tengo cierta animadversión.
— No te das cuenta
cuánto te quiere.
— No debió
malgastar el dinero. Cómo se le ocurre comprarme un pajarraco horrible. Y de
dónde habrá sacado la plata para comprarlo, ¿acaso se lo diste tú?
— No digas tonterías.
Seguramente tenía sus ahorros.
Mi nona sabía
perfectamente que ahorré trabajando en el cementerio porque un domingo fue
allá, de vez en cuando le gustaba llevar flores a su hija difunta. Si bien no
le agradó que le haya mentido creyó que el fin era bueno. Por ello al siguiente
domingo me mandó una bolsa con refrigerio. “Lleva eso e invítale a tu amigo
Camilo”, me dijo.
Mi abuela iba a
contarle cómo conseguí el dinero y me vio oculto.
— Aunque sabes ayer me
di cuenta que me faltaba dinero. Pensé que lo dejé en mi mandil del trabajo,
pero cuando lo busqué no había nada. Creo que esa señora que lo acusó de ladrón
era verdad. ¡No puede ser! Gabo es un ratero. Seguramente con ese dinero me
compró esta tontería— se enfada, le quita el obsequio a mi abuela y lo bota a
la basura.
Mi nona me ve bañado
en lágrimas. Salgo corriendo. Mi madre se percata que la he escuchado y que vi
cómo botó mi obsequio que le compré con todo el amor del mundo.
La puerta estaba abierta, mientras corro las
lágrimas salen como lluvia. A unos metros un auto a toda velocidad viene por la
calle en la que estoy a punto de llegar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario