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Capítulo 1: La propuesta




CAPÍTULO 1





LA PROPUESTA




(Beto)

A
LBERTO ES MI NOMBRE vivo en los campos, amo el aire fresco y bañarme en el río. La comida de mi madre Margarita es lo máximo, cuando cursaba el Primero de Secundaria a mitad de año ascendí a segundo porque mi profesor decía que era un genio.
Cierto día vino a la escuela un supervisor al distrito de Omate (Moquegua) diciendo que iba a ver un concurso para dar una beca para la escuela militar al mejor alumno de toda Moquegua. El ganador iría a la ciudad de Lima y estudiaría todo gratuito por ocho años (es decir salir hecho todo un profesional).

Las palabras del supervisor resonaron en mi mente. “Esa beca será mía”, me repetía constantemente. Cuando llegué a casa se lo conté con tanta alegría a mi madre quien solo me miró mientras tostaba un poco de maíz, a los pocos segundos ingresó papá todo sudado, mi madre le alcanzó un poco de agua y se lavó, yo le di un trapo que hacía de toalla.
Y esa cara de felicidad, no sabía que te alegraba tanto verme— me dice con cierta sorna (burla).
— Padre, he decidido ser un profesional— le mencioné con mucha firmeza.
Papá se sentó y mientras comía con tanta hambre le conté con mucho entusiasmo sobre la visita del supervisor y la beca, él solo me escuchaba sin decir ninguna palabra. Le repetí las palabras de mi tutor quien dijo que no solo hay la posibilidad de la vida del campo, sino otras opciones como la de ser profesionales y que no las vemos porque vivimos en un pueblo pequeño, pues somos como aves en una jaula, si bien algunos somos felices podríamos salir, estirar las alas y volar a un mundo nuevo y maravilloso.
— ¿Te aumento más? — le preguntó mamá mientras abre la vieja tapa de la olla toda tiznada.
— No, ya me voy.
— Pero si tú siempre…
— ¡Basta Margarita!, ¿has oído las tonterías de tu hijo? —coge su sombrero lo sacude y se me acerca—. No quiero escuchar más de todas las estupideces que acabas de decirme. ¡Entendiste! — me advirtió.
—Papá, te pido hables con mi tutor, él te explicará mejor sobre la beca.
— Esto pasa por darte permiso para que vayas a perder el tiempo. Yo nunca fui a la escuela y mira por lo menos tienes para comer y donde dormir. Si me ayudaras ya hubiéramos avanzado más con los sembríos—me reclamó.
Insistí y me arrepentí de hacerlo, pues solo desaté más su ira, me dio cinco minutos para terminar mi almuerzo y darle el alcance en la chacra, renegó contra mi tutor por compararnos como aves en una jaula y sembrarnos ideas utópicas(fantasiosas).
Lo peor vino después, a la mañana siguiente me llevé la gran sorpresa cuando vi a mi padre cerca al fuego de la cocina, estaba pensativo, mientras me servía un poco de leche a la taza me dijo:
— Dame tus libros y cuadernos.
Miré el fuego y deduje lo peor, volvió a pedirme mis materiales de estudio, pero esta vez con más energía.
— No padre, me imagino lo que piensa hacer, tenga en cuenta que le costó un buen dinero.
— ¡Me importa un carajo! — me gritó, en su mirada había rabia y las arrugas de su frente se marcaron.
Quise huir con mi material de estudio, pero no pude. Forcejeé con él y me mandó una bofetada y terminé en el suelo, era como si su enorme mano se hubiera dibujado en todo mi rostro, mis gritos alarmaron a mi madre quien ingresó del patio asustada, ella también le pidió calma y que no queme nada. Pero mi padre hizo caso omiso, mientras deshojaba cada libro me dejó en claro que no volveré a ir al colegio porque he nacido para ser campesino, pues aun ganase esa maldita beca nunca podrían pagarme los pasajes y todo lo que conlleva para el viaje no solo a Arequipa sino hasta Lima, en un momento de distracción logré salvar mis cuadernos y me dirigí a la puerta para huir.
— Si das un paso más no te molestes en regresar a esta casa, ¿me oyes? ¡Dame esos malditos cuadernos!
Me detuve dándole la espalda, mi madre me pide le haga caso, quería gritar para sacar toda mi rabia. Papá hablaba en serio con lo de no dejarme ingresar a casa. Ambos se quedaron mirándome y decidí irme. Mi padre jamás esperó una reacción como esa.

En el colegio mi tutor indicaba que dará clases extras para la codiciada beca. Casimiro, era uno de mis compañeros y al no verme se alegró, pues cada clase contaba para el examen.
— ¿Alguien sabe qué pasó con Alberto? — inquirió el maestro ante mi inusual ausencia.
— Seguro ya se rindió— respondió Casimiro.
En eso mi padre ingresó vociferando mi nombre sin tocar la puerta, todos se asustaron. Miró cada pupitre y al no verme se dirigió al profesor.
— ¿Dónde está mi hijo? — le preguntó a mi profesor.
— Aún no ha llegado.
— Ni llegará ya no lo dejaré venir porque se atrevió a desobedecerme. Usted es un miserable, cómo se atreve a calentar la cabeza de mi hijo con sueños imposibles.
Mi profe se paró y caminó hacia mi padre pidiéndole hablar en privado.
— Muchachos levanten la mano quién de ustedes tiene dinero para viajar hasta la capital, haber díganme quién.
Todos se miraron y bajaron la cabeza. El más pudiente (rico, adinerado) era Casimiro, pero no quiso levantar la mano. Su padre tranquilamente podría pagar sus gastos.
— Lo ve profesor, hábleles de cosas reales, de qué le va a servir una beca a cualquiera de estos jovencitos, sus padres son tan pobres como yo, tal vez la familia de Casimiro que es la más pudiente podría hacerlo, ¿qué dices Casimiro?
Él dio una leve sonrisa afirmando con su cabeza. Sus padres cuando lo escucharon sobre la beca no lo desanimaron, le expresaron todo su apoyo. Mi profesor le pide a mi padre se retire y esta vez lo hizo con más energía. El director pasaba por mi salón y preguntó si ocurría algo, al percibir la querella (riña, pelea) pidió al profesor dialogue con el padre de familia en su oficina y que él se quedará con los estudiantes.

(Toño)
En el salón, el director, no necesitó preguntar nada pues Casimiro exageró las cosas. Soy Toño, el mejor amigo de Alberto o Beto como le llamamos todos. Escuchar al tarado de Casimiro no me quedó otra que ponerlo en su lugar por ser tan ufano (creído, presumido). Hablaba como si fuera el ganador de la beca, se creía de todo y cuando digo todo es todo hasta de tener los mejores calzoncillos. Sí lo sé es un ridículo. Cuando comentábamos de cuánto costará un viaje hasta la capital desde nuestra realidad era un ojo de la cara; sin embargo, él muy fatuo (creído, presumido) se jactaba por tener familia en Lima.
Las palabras del papá de mi amigo Beto no dejaban de ser ciertas, pues en el pueblo no tenemos dinero como para costear (pagar) los gastos hasta la capital. Creo que nuestra vida sería diferente si hubiéramos nacido en la ciudad, de nada servía pensar en ello y eso nos aclaró muy bien el maestro a quien admiro mucho. Al igual que mi amigo también quiero esa beca, compartía las ideas de mi profe que no es necesario ser campesino por herencia si tenemos talento para dedicarnos a otras cosas. Dejé de pensar y al cansarme de oír las tonterías de Casimiro miré a Lucecita (compañera a quien amo en silencio) por si tal vez se animaba a decir algo en favor de mi amigo, pero no lo hizo, por ello tomé la palabra.
— Señor director las cosas no son como las dice Casimiro, el papá de Beto jamás nos ha vejado (insultado).
El director se agarra el mentón y preguntó a todos si es cierto. Lucecita me apoyó y luego los demás. Casimiro echaba chispas por desmentirlo. Luego el director nos preguntó si hemos hablado con nuestros padres sobre la beca y si hemos comunicado sobre la reunión que ha citado el tutor para ampliar el tema de la beca con nuestros padres. Pudo percibir poco interés por nuestra parte, en el salón de mi grado éramos veinte alumnos: cinco mujeres y quince varones. Una de ellas era Luz o Lucecita como cariñosamente la llamamos. Es difícil no quererla sobre todo cuando cocina, el maestro también motivó a las chicas pues nuestros padres solo se preocupan en buscarles un marido con sus tierras y ya. Otras compañeras no asisten porque sus progenitores (padres) consideran a la escuela como una tontería y creen que las damas deben estar en la casa cocinando, tejiendo y esas cosas.

Me agradaba hablar con Lucecita porque ella sueña con ir a la ciudad y seguir estudiando la secundaria; ya que, en mi pueblo solo hay hasta Segundo de Secundaria y según nuestro tutor es poco probable que al próximo año se aperture Tercero de Secundaria y tiene toda la razón, con mi promoción recién empezaron la secundaria hace un año atrás. A Lucecita le gusta la costura, hace unos excelentes diseños. Saben me gusta mucho, pero ella ama en silencio a mi pata Beto y él a ella, el muy memo (tonto) es tímido en esas cosas. Por un lado, quisiera que gane la beca mi amigo pues así yo tendría el camino libre con Lucecita. Tal vez quién aún no se ha templado pensará que es algo tonto elegir entre el amor y la beca, sinceramente prefiero esperar a otra beca, aunque dudo haya otra. Lo más importante en mi vida es Lucecita, tendrían que verla es un encanto de mujer.

En la dirección, en vano el profesor intentó hacerle entrar en razón al padre de mi amigo, pues era terco como la mula, le puso en claro que no volverá a asistir a clases. Mi tutor le dejó manifestar su molestia y cuando quiso explicarle sobre los beneficios de la beca no se lo permitió.
Ese día Beto no volvió a su casa sabía que en las tardes yo iba al campo y tenía una pequeña cabaña, allá le llevé comida y algo de abrigo, le ofrecí mi casa y no aceptó porque ese era el primer lugar donde lo buscarían. A su padre no le importó su ausencia, creyó que ya volvería. Tal como pensamos la mamá de mi pata vino a buscarlo a mi casa, al verla llorar desconsoladamente tuve la tentación de traicionar a mi amigo, mas no lo hice, traté de calmarla y me pidió le avise si él se comunica conmigo.

Al día siguiente en clases todos rumoreaban sobre la desaparición de mi amigo Beto, pues mientras su tía lo buscaba preguntó por él a Casimiro y este se encargó de difundir el chisme, al llegar jalé del brazo al chismoso hacia un rincón del salón y lo agarré del cuello, él era más alto, pero tenía que hacerlo, aunque sé que tal vez saldría perdiendo porque Casimiro es muy belicoso (agresivo). Lucecita me detuvo y me pidió hablar afuera un momento.
— ¿Sabes dónde está? — me inquirió.
— No, estoy tan preocupado como todos, ¿no sabía que te interesaba mi amigo? — la molesto.
— Dime dónde está— insiste y cruza sus brazos esperando una respuesta.
— No puedo, solo debes saber que está bien y a la salida le haré llegar tu preocupación.
El profesor llegó y nos hizo pasar al salón.

Pasaron tres días, intenté persuadir(convencer) a mi amigo para que vuelva a su casa y no quiso. No quise dramatizar el llanto de su madre, anoche volvió a venir a mi casa y me preguntó si sabía sobre su paradero y volvió a llorar desconsoladamente. La cabaña donde Beto se escondía nadie la podrá encontrar es como nuestro lugar secreto, está en uno de mis cultivos más alejados. Estos días Lucecita me preguntaba por él, debo reconocer que sentí celos. A la salida ella me dio una carta y un pequeño táper (allí había un pedazo de pastel de choclo) para darle a mi amigo. En el camino cavilé (pensé) sobre el contenido del sobre, en casa mientras alistaba comida para llevarle a Beto miré la carta que dejé en la mesa y dudo si abrirla o no.  ¿Ustedes lo harían?




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